Quien tiene muchas dioptrías conoce el temor: cristales gruesos, ojos «empequeñecidos» o aumentados, y una montura que pesa. Es una idea muy extendida, y en gran parte, desactualizada. Hoy una alta graduación puede resolverse con gafas sorprendentemente finas y estéticas, siempre que se elijan bien tres cosas: la lente, la montura y el centrado.
La lente: el índice importa
La clave está en el índice de refracción de la lente. A mayor índice, más fina es la lente para la misma graduación. Combinado con diseños asféricos, que aplanan el perfil, se consigue reducir de forma notable el grosor en el borde y el efecto de aumento o reducción sobre el ojo. No es magia: es elegir la lente adecuada para tu caso, no la estándar.
La montura: tamaño y forma juegan a tu favor
En alta graduación, la montura no es solo estética: influye directamente en el grosor final. Formas más pequeñas y cerradas, bien proporcionadas al rostro, dejan menos lente al descubierto y disimulan el borde. Materiales como el acetato ayudan a «envolver» el canto de la lente.
Aquí es donde la selección de una óptica boutique marca la diferencia: sabemos qué monturas de cada casa favorecen a una graduación alta sin renunciar al diseño.
El centrado: precisión que se nota
Cuanto más alta es la graduación, más se penaliza un mal centrado. Una lente descentrada no solo se ve peor: puede generar molestias. El centrado digital, que alinea la lente al milímetro con tus ojos, es especialmente importante en estos casos.
Empieza por un buen estudio
Antes de elegir montura conviene un estudio visual de precisión: define bien la graduación y permite planificar la mejor combinación de lente y montura para tu caso. Con eso claro, encontrar unas gafas ligeras y con estilo deja de ser un problema.

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